Los niños en la calle no duermen. Se abandonan a su propia suerte. No saben si les alcanzará la vida para un nuevo amanecer. Son como las aves, pero sin alas, sin viento, sin el grano de la mañana y de la tarde.
Otros, menos desafortunados, encontraron en el quicio de su casa o en el recolector de la basura un mecenas que se enterneció con ellos y los llevó al hospicio para que otros padres los recibieran a cambio de unas monedas. De esta manera la vida puede tener un precio y hasta se podría comprar un buen porvenir. Muchos lo han logrado y no pocos enriquecidos con amor y pasión por la vida.
En todo el planeta, miles de niños extienden sus lánguidas manitas en un intento frustrado por atrapar mendrugos y sobrantes de bebidas enlatadas. Al final mueren de lo único que no debían morir: de hambre. Y muy cerca de los cadáveres rondan los niños que son utilizados para llenar las arcas de los traficantes del sexo y la miseria.
