Cuando el hombre dice a la mujer: “Usted es mía y no puede ser de otro más” y la intimida o amenace con causarle o daño y cuando la mamá o el papá dicen a sus hijos, “cállese y escuche que le está hablando su papá o su mamá”, vivimos un grave y peligroso rezago de dictadura familiar, de tiranía familiar. Es imperioso que erradiquemos esta cultura de absolutismo para preservar derechos fundamentales básicos como el del respeto, la vida y la libertad.
La mujer ha ido recobrando su libertad para entrar en el campo de la coparticipación en el ejercicio del gobierno familiar.
En 1932 se liberó teóricamente del yugo económico. Pudo administrar sus bienes. En la práctica duró mucho tiempo en aprenderlo y hoy quedan resquicios de esta dictadura.
